Las comunidades empiezan a perderse cuando dejan de escuchar a sus ríos.
por Marco Villegas.

Hay comunidades que crecen dándole la espalda a sus ríos, hasta convertirse en ciudades.
Los convierten en canales invisibles, caños oscuros, límites incómodos o simples accidentes geográficos atrapados entre carreteras, concreto y urbanizaciones. Con el tiempo, dejan de mirarlos, y eventualmente, con la llegada de nuevas generaciones que nunca los conocieron como ríos, dejan incluso de recordarlos.
Pero todavía quedan algunos lugares donde el río sigue siendo otra cosa, un espacio vivo, una presencia, una memoria que atraviesa generaciones enteras.
En Nosara, el río siempre ha estado ahí.
Mucho antes de los hoteles, de las cientos de casas de alquiler, desarrollos, carreteras y puentes, el Río Nosara ya atravesaba este valle buscando el mar. Estaba aquí cuando grupos chorotegas recorrían estos bosques y sabanas persiguiendo venados y saínos entre humedales y quebradas. Estaba aquí cuando comenzaron a llegar desde Nicoya los primeros pobladores buscando tierra, aislamiento y aventura en un territorio difícil y remoto.
También estuvo aquí durante la época ganadera, cuando gran parte del valle era un inmenso potrero.
Las fotos aéreas de los años cuarenta muestran un paisaje completamente distinto al que hoy muchos asocian con Nosara: enormes espacios abiertos, árboles dispersos, cercas interminables y el río serpenteando en medio de grandes haciendas ganaderas.

El bosque todavía no había regresado.
Y aun así, el río seguía ahí, como una especie de columna vertebral viva sosteniendo silenciosamente el territorio.
Se cuenta que muchos de los güilas que crecieron en esa época aprendieron a conocer el paisaje precisamente desde el río. Se bañaban en sus pozas, pescaban en sus orillas y bajaban montados sobre enormes troncos desde las partes altas, gritando de alegría mientras la corriente los arrastraba río abajo.
El río era juego, peligro, aventura y escuela, una escuela distinta a las de hoy.
Ahí se aprendía la fuerza de la corriente, la profundidad del agua, el comportamiento del invierno y el respeto por algo que nunca estaba completamente bajo control.
Tal vez por eso todavía hay quienes dicen que si uno se baña en el Río Nosara, ya nunca se va. No porque exista magia en el agua, sino porque algunos territorios logran quedarse dentro de uno, especialmente aquellos que todavía siguen vivos.
El Río Nosara nunca ha sido solamente paisaje.
Durante el invierno, cuando la lluvia cae fuerte en las montañas y la marea comienza a empujar desde el océano, toda la comunidad vuelve a mirar al río.
El agua cambia de color, la corriente crece, el paso puede cerrarse, y por unas horas, a veces días, desaparece la ilusión moderna de que controlamos completamente el territorio, el río recuerda algo más antiguo que en ciudad se olvida: que vivimos dentro de la naturaleza, no fuera de ella.
Con el tiempo llegaron también los intentos humanos de contener esa fuerza. El dique apareció como una línea discontinua trazada contra la incertidumbre: una obra nacida de la necesidad de proteger casas y comunidades enteras frente a las crecientes.
Pero incluso hoy, con dique y carreteras, el río sigue imponiendo respeto, y quizás eso sea necesario, porque las comunidades humanas necesitamos recordar de vez en cuando que existen fuerzas más grandes que nosotros mismos.
El Río Nosara también vio regresar el bosque.
Durante décadas atravesó un valle dominado solo por ganado y potreros abiertos. Pero poco a poco, algo comenzó a cambiar. La ganadería retrocedió. Llegaron nuevas economías. El turismo transformó el territorio y, casi silenciosamente, el bosque empezó a regresar.
Primero tímidamente, luego con fuerza, quebrada por quebrada, ladera por ladera, árbol por árbol, hasta que gran parte del paisaje volvió a cubrirse de verde.
Hoy, desde el aire, cuesta imaginar que muchos de los bosques que rodean Nosara fueron potreros hace apenas algunas décadas. El río estuvo aquí también para presenciar ese pequeño milagro tropical: la regeneración natural de un territorio entero.

Por eso quizás el verdadero valor de un río no está solamente en el agua que lleva hacia el mar, sino en su capacidad de conectar memorias, generaciones y paisajes distintos dentro de una misma historia territorial.
Mientras el Río Nosara siga atravesando este valle con bosque en sus orillas, fauna moviéndose entre sus quebradas y comunidades capaces de reconocer su fuerza, todavía existirá algo esencial de lo que hizo a Nosara ser Nosara.
Y tal vez ese sea uno de los grandes desafíos de muchas comunidades modernas: no solamente crecer, sino aprender a crecer sin romper completamente la relación con el territorio vivo que las sostiene.
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