Del Megaproyecto que nunca fue, al Corredor Biológico
Por: Marco Villegas

Mucho antes de convertirse en destino internacional, Nosara formó parte de una historia más antigua de explotación territorial en Costa Rica.
Durante el siglo XIX, gran parte de la región estuvo vinculada a las enormes extensiones conocidas como la “Finca de Nicoya”, asociadas a grandes concesiones otorgadas a Minor Keith, pionero del concepto de las repúblicas bananeras y a capital extranjero, en una época donde el Estado costarricense promovía activamente la ocupación económica de territorios periféricos.
En aquel momento, el valor del territorio estaba asociado principalmente a la extracción: madera, ganadería y expansión agrícola. Grandes extensiones de bosque tropical fueron convertidas en potreros y paisajes productivos, incluyendo Nosara con su Hacienda Baltodano.
Décadas después, sobre parte de esos antiguos potreros surgiría el intento de megaproyecto inmobiliario “Playas de Nosara” o “Beaches of Nosara” un ambicioso megaproyecto turístico impulsado en los años 70 que imaginaba urbanización, infraestructura y canchas de golf frente al mar.

Pero al mismo tiempo, algo más comenzaba a emerger.
En noviembre de 1970, Mario Boza, uno de los padres del sistema de parques nacionales de Costa Rica y entonces jefe del Departamento de Parques Nacionales, alertaba oficialmente sobre el extraordinario valor ecológico de Playa Nosara y sus arribadas de tortugas marinas.
En una nota del 11 de noviembre de 1970, el Dr Boza mencionaba que “esta playa o una sección de la misma, deberá declararse como reserva biológica para perpetuar y mantener este valiosísimo recurso natural”


La discusión sobre conservación y desarrollo en Nosara lleva más de medio siglo.
Y la historia tomó un rumbo inesperado.
El megaproyecto original nunca llegó a concretarse como fue concebido, el desarrollador se fue del país dejando una estela de dudas y un proyecto sin inscribir que nunca se concretó como tal.
Luego del paso de las décadas y con el cambio en el uso del suelo de terreno ganadero a zonas residenciales y turísticas, gran parte de aquel territorio se regeneró naturalmente. El bosque volvió a crecer. Los ríos siguieron conectando las montañas con el océano. La fauna permaneció. Las tortugas definitivamente siguieron llegando gracias a la comunidad organizada.
Hoy, Nosara posee más de un 80% de cobertura forestal, algo excepcional para un territorio costero sometido a una presión inmobiliaria tan intensa.
Y las playas que alguna vez fueron imaginadas como parte de un gran desarrollo turístico hoy forman parte del Refugio Nacional de Vida Silvestre Ostional, una de las únicas franjas costeras protegidas bajo esta categoría en todo Guanacaste.
Además, ese refugio es complementado y fortalecido por la reserva privada impulsada por NCA, que es parte de la red costarricense de reservas naturales, una inmensa red que abarca más del 6% del total de áreas protegidas de Costa Rica. Actualmente, NCA protege más de 265 hectáreas de bosque y mantiene más de 12 kilómetros de senderos gratuitos, abiertos para toda la comunidad en medio de la zona de mayor presión inmobiliaria de Nosara.
Estos senderos atraviesan las mismas áreas donde décadas atrás se imaginaron esos campos de golf frente al mar y hoy son utilizados diariamente por familias, turistas, trabajadores y sobre todo fauna silvestre.
Desde su creación en 1975, NCA ya establecía entre sus objetivos “velar por la protección y conservación de la flora y fauna de la región procurando mantener el balance ecológico” y “preservar las bellezas escénicas de Nosara” Estamos hablando no solamente de la asociación conservacionista de Nosara si no de una de las primeras organizaciones conservacionistas del país con enfoque comunitario.
Pero la historia de la conservación de Nosara también cambió junto con el territorio.
Nosara cambió profundamente, hoy lidia con presión inmobiliaria, desigualdad y abandono estatal.
Precisamente por eso conservar bosque, agua y acceso comunitario se volvió más urgente que nunca, porque el valor del metro cuadrado se disparó, especialmente en el período post pandemia, mucho antes de que existieran planes de ordenamiento territorial capaces de responder a la velocidad del crecimiento. La presión inmobiliaria comenzó a fragmentar el paisaje de forma progresiva, transformando el bosque en uno de los activos más valiosos del destino.
Y ahí emergió una paradoja inesperada. Los mismos desarrolladores, inversionistas y compradores de propiedades de alto valor han entendido algo fundamental: si el bosque desaparece, Nosara pierde precisamente el paisaje, la biodiversidad y la identidad por las que millones de dólares son invertidos en el territorio.
En otras palabras, el bosque deja de ser visto como un obstáculo para el desarrollo y más bien se convierte en un escudo de valor para el propio destino.
En respuesta a esta nueva realidad territorial, Nosara comenzó a desarrollar nuevas formas de conservación. Hoy, el Corredor Biológico del Río Nosara se ha convertido en el primer corredor biológico de la provincia de Guanacaste sustentado enteramente mediante acuerdos voluntarios de conservación entre propietarios privados.
A través de servidumbres ecológicas inscritas en el Registro Nacional, propietarios de fincas y desarrolladores establecen mecanismos legales de protección a perpetuidad para garantizar que esos bosques nunca sean talados.
Ese modelo representa algo poco común en Costa Rica: una estrategia de conservación construida dentro de uno de los mercados inmobiliarios más presionados de Centroamérica, no fuera de él.
Porque la historia todavía no termina.
La misma naturaleza que logró sobrevivir y regenerarse convirtió a Nosara en uno de los territorios más deseados de Costa Rica. El crecimiento urbano, el turismo global y el fraccionamiento acelerado del paisaje siguen poniendo presión sobre el bosque, el agua y la conectividad ecológica.

Y ahí reaparece la gran pregunta de fondo:
¿Puede la conservación crecer al mismo ritmo que el desarrollo?
Tal vez esa sea una de las preguntas ambientales más importantes para Costa Rica en las próximas décadas. Y quizás por eso, hoy más que nunca, la historia de Nosara también es una historia de conservación que el país debe observar muy de cerca.
Nosara crece.
La conservación también.
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